jueves, 20 de febrero de 2014

No más Serena -> realidat

Hace dos días que llegué a Rancagua. No más playita rica, ni minitos en torso desnudo, ni despreocupación absoluta. Estoy en Rancuagua: ciudad detenida, arrasada por la modernidad.
Hola ciudad, hola preocupaciones, hola riñones, hola neurosis, hola DECISIONES.

Hora de almuerzo, comida vegetariana deliciosa, una bandeja de vidrio rectangular, de bordes arqueados, con un choclo en cada una de sus curvas, y el resto del área adornada con hortalizas sin aderezo, tomate en rodajas insuperables y piezas de brécol escaldado a tiempo perfecto. Todo muy fresco, se notaba que para apaciguar la borrasca de nuestra llegada a la realidad.

Marzo está cerca y la mesa esperaba a que alguien libere algún indicio de planificación de este 2014, para que inicie la charla. Yo no quería pensar en nada, no soporto las proyecciones, menos ahora en el estado en el que estoy. Sólo quiero que no me webeen, estar tranquilo, estar con mis wachos tirados en el césped, tirar en el césped, con la percepción incólume de que mis riñones nunca sufrieron esta autodestrucción y mirar las nubes, o las estrellas, mirar alguna webá en el cielo y disfrutar de los vientos  en parsimonia bien mamona.

Aún no me decido, seguir estudiando en Valpo vs. preuniversitario en Rancagua y talleres en Santiago. Tampoco me quiero decidir, me cuesta pensar en las coyunturas de cada opción. Ahora solo pienso en valpo valpo valpo, porque puta, hecho de menos un montón.
Como las vacaciones siguen aleteando tomaré rumbo entre estos días al puerto, en busca de respuestas -dijo el otrshro- esperando que la vida me ayude un poco a trabajar el juicio y determinar algún camino en mi historio.

Pero me gusta estar en el aire, como Shinji, de Evangelion: en esos momentos cuando la neurosis supera la realidad, y uno queda en estado de letargo. sólo conforme con la dicha de la vida a niveles ínfimos.
Me gustaría detener el tiempo. No. retrocederlo, y estar bien. La verdad, me da lo mismo, estoy bien igual. En el filo, sin saber que me dirá la vida, de alguna manera le otorga cierta emoción al vivir. El no saber nunca que cresta pasará mañana.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Parte II: Huida a materia oscura


Esa fría noche en la que la primavera no llegaba y el sol apenas descansaba, todo colapsó, yo colapse… Habíamos discutido sobre los temas que eran dueños de nuestras interacciones: los celos, el desamor y tópicos que apenas quiero recordar. Cada uno de nosotros tres se había acostado con una espina en el corazón, se percibía, se podía oler la desgracia que pasaba por la mente del trío. Yo rechazaba los abrazos de uno, mientras el otro rechazaba los míos.

Hubo un momento, en donde la iluminación de la pieza estaba a oscuras, pero mis ojos se mantenían abiertos, mi mente yacía postrada. Como en un letargo, un marasmo psicológico en donde sabes lo que ocurrirá, pero no quieres que suceda, o buscas la vía mas fácil y rápida.

Él me preguntó qué pasaba, yo le respondí con las sílabas características de la temporada: no sé. Después siguió durmiendo.

Me levanté, fui a su oficina, saqué un papel tamaño carta, el primero que encontré y un lápiz pasta rojo, bien ordinario, con actitud despiadada e insensible.

Llegó uno de ellos, me observó un rato, y me preguntó que hacía.

Yo con carta en mano y una redacción paupérrima, calinoso por haber fallado en mi -bastante cobarde- huída, le contesté: nada.

¿Te vas? -Me preguntó con una tranquilidad que alimentó mi molestia. Pero sé que el estaba cansado, más que nosotros dos juntos.

Ven a la pieza -Y fui sumiso.

Te preparaste un café, y te acostaste mientras él preguntaba qué pasaba, qué pasaba. Una y otra vez. Yo preparaba mi mochila, la llené de todas las cosas que pude. Casi toda mi ropa estaba ahí, mis herramientas, mi vida. Y quería llevarme todo, pero tuve que elegir bien que objetos dejar y qué objetos necesitaría éstos días.

Era una escena triste y cruda, aun así, no lloré. -Se va, quiere terminar.

En ese lapso de tiempo me preguntabas por qué me iba, estabas sentado en el suelo junto a la puerta, parecías una tormenta llena de dudas. Yo fui un pendejo y apenas hablé. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos así, menos recuerdo qué más me decías. Insisto en no querer recordar. Creo que mi cerebro activó sus mecanismos de defensa frente a un posible gran sufrimiento y encapsuló cada segundo de aquel calvario.

Antes de irme él me dijo: déjelo.(Dirigiéndose a mí) Si te vas, no vuelvas.

Ni siquiera les miré a los ojos y escapé.

Llegué a la plaza Waddington y me posé sobre un árbol que está medio ladeado por alguna circunstancia que no me interesó en ese momento. Me saqué la mochila y comencé a llorar. Lloré tanto, lloré tan profundamente. Cargaba un con un sufrimiento en el alma, un dolor alimentado de recuerdos, porque comencé a recordar tres años de vida que rara vez recordábamos. Esos tres años que parecían adorables gatitos, desnutridos, abrazados en tus tobillos mientras te entierran sus garras recién afiladas. Uno de los dolores mas intensos e incomprendidos que he sentido hasta el día de hoy.

Sabía que había cometido un error, pero una parte de mí, la menos yo, la mas sociedad, la mas no-amor, estaba satisfecha.

La gente pasaba por la vereda de la izquierda, algunos me miraban llorar, otros evadían la mirada al percatarse de mi desvanecimiento emocional. Escolares, abuelos y estudiantes me vieron en mi peor momento. A ese joven que pudieron haber visto un día cualquiera en la calle, o en la universidad, o caminando por el barrio, lo tenían ahí al frente: destruido, desmoralizado, perdido.

Justo este día tenía clases en la tarde (menos mal, porque de otra manera, creo que hubiese faltado y me hubiese echado ese ramo. -Pensaba). Así que reuní fuerzas, y emprendí marcha hacía mi arriendo, la casa que me había recibido en Valparaíso. Fue un poco difícil, dos veces tuve que parar en el camino a llorar, porque me daba vergüenza que la gente, en medio de una caminata cotidiana, se topara de frente con alguien que estalle en llanto. Menos aún, quería que alguien de la carrera, o amigo me viese.

El camino fue larguísimo, y la mochila pesaba mas que nunca. Pese a todo logré llegar a mi cama y dormí por no sé cuantas horas.

De todas maneras falté a clases. Desperté como si no hubiese dormido nada y pasé todo ese día en cama. No recuerdo qué mas hice, ni que más pasó. Estaba quebrajado y mi humanidad se redujo a días de mala alimentación y un consumo excesivo de cigarros baratos.

Pasaban los días y asistía por inercia a clases. Desconcentrado, mal vestido y con la sensibilidad reprimida. El arte había pasado a último plano, ya no me seducía la estética, la pictórica ni la verba. me encogí abrumado bajo cataratas de áspera textura, con temple renegrido, asustaba, asustado.

Con el tiempo me refugié en la familia más alternativa, me volví un mester del esnobismo. Máscarame abría sus puertas mientras yo planeaba resucitar en vida.

Recuerdo bien aquella noche. Estaba con un amigo de medicina, un chico al que le encontraba un atractivo contemporáneo y racional, además, compartíamos de un humor satírico, notablementehipster. No es que yo estuviese buscando incansable nuevas posibilidades, un nuevo hombre, pero tampoco me quedaba de brazos cruzados, sabía que el vacío sentimental algún día me consumiría, y entonces corría el riesgo de que no estuviese nadie para levantarme con esos empujones que llegan como caricias.

Cercano a la media noche, junto con Adriano, un gran amigo de esos que se conocen en la calle, salimos a fumarnos un cigarrillo a las afueras del bar. Hace poco que fumaba Phillip Morris, redondo en mi ebriedad e impulsivo te llamé sin bacilar. Hablamos como si fuéramos nuevos conocidos, la conversación no llegó al nivel de amigos, se sentía en tu elocuencia aquella cortesía característica tuya que sale a flote con los rostros distantes. No sé por qué llamé, me sentí un poco resentido, ni pensé en llamar a mi otro ex ya que el masoquismo hubiese sido demasiado. Responsabilicé al trago de todo y mis amigos se acercaron, me preguntaron si estaba bien, les respondí que un poco triste porque había hablado con mi ex.

Pucha amigo, ¡ánimo! -exclamaba Adriano, con ese carisma que siempre anima en tan pocas palabras.

El chico de medicina se aproximó un poco más y posó su mano derecha en mi hombro.

Oye, mírame, va a estar todo bien. -Enunció el chico de medicina, con una mirada llena de fe que parecía no pertenecer a él, ni a su temple tan sereno e inexpresivo. De alguna manera también te vi en esas palabras, también las repetías, y yo nunca las entendí, te vi reencarnado bajo la piel de un estudiante que apenas compartía rasgos físicos contigo, menos aún en lo psicológico. Después de tal escena intercambiamos nuestros chalecos, el suyo me quedaba un poco corto de mangas, ya que estaba como hecho a su medida. Pase de lucir mis rojizas lanas de abuelo con detalles nevados a un protector anaranjado con detalles color rubí. Se notaba que era de alguna tienda de ropa usada, eso le otorgaba un estilo y un valor que los dos entendíamos. Hace mucho no sentía realizar un acto de complicidad tan humilde y original como un intercambio de chalecos. Me sentí protegido por el poder de la juventud en su rato.

Hasta que los vi pasar, igual de radiantes, como unísonos de una composición musical gay. Junto con dos adultos jóvenes, por el acento se notaba que eran latinos de tierras cercanas. Fueron 10 segundos en los que pasaste frente a mí. Apenas me dirigiste la mirada y compartimos la pobreza de un “hola” mas exiguo que nuestro propio lazo. Por mi cabeza sólo se pasó la frase “A rey muerto, rey puesto”. No pude aceptar la idea de que haya superado el quiebre de manera tan rápida, me sentí desvalorizado, por suerte el alcohol me ayudó a atenuar la situación que pudo haber sido doblemente lúgubre en mi lucidez.

Me derrumbé emocionalmente por un rato y la sangre en mis venas pareció detenerse. Prendí un cigarro, ya llevaba alrededor de 4 fumados de un sólo tiro. Adriano me miró un poco preocupado frente a mi actitud auto-destructiva.

apagué la colilla del cigarro en el basurero mientras imaginaba que eran las cenizas de nuestro amor mal consumido por la estupidez de los tres, pulvericé aquel trozo de fieltro calcinado contra la superficie de metal con una ira de veinte leones. Di la media vuelta y exclamé: Ya weon, entremos y sigamos tomando ¡conchetumare!


“Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” (Anónimo)

domingo, 16 de febrero de 2014

Primeros días en La Serena



Infinitas horas sobre el monstruo de las carreteras para llegar al destino de este verano 2014: La Serena.

Hace muchos años que no regresaba a esta región para veranear, creo que al rededor de 8 años. Cuando pendejo siempre veníamos con mi familia a acampar a Guanaqueros, era un lugar tranquilo, de noche los jóvenes siempre dejaban la cagada con las fogatas y las tomateras en la playa, hasta que lo prohibieron. Pero el pueblo, al que se podía llegar con una caminata de 10 minutos, no dejaba de ser objetivo para buscar más webeo.


Esta vez mis padres tuvieron la idea de viajar junto a la familia de un amigo de la infancia, nosotros somos tres, ellos son cinco, contando al hermano de mi amigo, su abuela y su papás.


Llevo cuatro días de playa en panorama, panorama en playa y debo admitir que me surgen sentimientos encontrados, debe ser porque aquí fue en donde aprendí a caminar, o quizás porque es la fuente de mis mejores memorias de la infancia, no sé, hasta la excesiva cantidad de medusas me parece simpático.


Llegamos a la playa, nos echamos, yo generalmente recreo la mirada. Reconozco que ver tanto torso y piel me estimula la hormona de manera increíble, y mis viejos se dan cuenta que disfruto mirando, ya no me importa. Me gusta mirar con cara de baboso mientras mis viejos me miran, para que sepan cuánto me gusta la weá, que ya no soy un niño -tan- reprimido.


Pero por otro lado me da pena, extraño mucho a mi relación (hace ya casi un mes que no los veo). Y en estos días de sol y diversión uno siempre se topa con esas primas de vidas perfectas, de amores sin atados, o esos maricones que evolucionaron en sus amores platónicos. Y que están aquí, paseando, y que quizás el viejo le dio las lucas al cabro para que se fuera a veranear con su pololo. U otras colas, mas vivas, que trabajaron todo el año en algún bar o liquidando sandwiches de soja para tomarse unas semanas en dueto. Pero bien, me siento feliz de que los tiempos actuales permitan a los hombres disfrutar de estas libertades absolutas, sin tener que vivir escondidos como hace unos pocos años. Por eso siento tanto disgusto con aquellos huecos tan de closet, tan miedosos con sus amores, así como me maravillo al ver parejas maduras, que parecen finalmente brillar luego de años de penumbras y lucha con esta sociedad de mierda.


De todas maneras, ando relajado con el tema, pero siempre habrá una parte de mí que estará inquieta, quizás porque no es únicamente mía, sino también tuya.


Quedan nueve días: Nueve días para disfrutar, para olvidarme de todo, para refrescarme un poco del aura grisáceo Rancagüino y del éxtasis porteño. No quiero saber de nada y lanzarme a las olas, nadar, nadar, aguantar la taquicardia por el exceso de esfuerzo físico y seguir nadando. Entre aquellos cuerpos viriles, y entre aquellos animales de jalea.


Parte I: Calentamiento Global



Septiembre del 2013, noche de fiesta y despilfarros. Junto con mi amigo André iniciábamos otro circuito de diversión juvenil en Valparaíso. Y como buen novicio, adorador ligado a lo terrenal -en tal momento-, me había unido hace ya un año al catálogo de lolitos despistados que ahuyentaban la soledad y los vacíos que les otorgaban las nuevas tierras universitarias bajo la infaltable asistencia al vicio porteño-cola por excelencia: Pagano; Las luces como máscaras, el alcohol que anestesiaba mis memorias y añoranzas bajo la inmadurez de las mismas, el éxtasis de sentir mi corazón latir como un motor más y un motor menos, conectado de alguna manera al júbilo incesable de aquella familia que infaltable cumplía otro ciclo de abonanza mental, el rezumadero chanel pirata con sus gustos de axe extenuado por algunos hedonistas de las pistas, un puñado de mundanos que se conectaban en la figura del vaso a nivel del torso y el brazo alzado o distendido, dependiendo de las volás de una multitud siempre diversa. Algo había cambiado en mí, un ser egoísta, posesivo e inseguro había comenzado a desarrollarse silencioso e inconsciente, de la manera mas instintiva y precrámbrica posible. No me conformaba con nada, y mis caprichos consumían mi mente bajo estereotipos y rencores de un adolescente que no sabía lo que tenía, ni quería, ni pensaba. La doble vida que comenzó como una gran aventura dotada de rebeldía y certidumbre, se había convertido en un jadeo de odio y miedo. Sería quizás el carácter posesivo de desear una pasión libre, mas “posmo”, mas “2000′s”, una conexión que fuera menos “porque sí”. O quizás la negación al recuerdo negro, al nunca hicimos tal. Demasiadas expectativas otorgadas a la falta de elementos, la falta de momentos, que no fueran denigrados por la censura y el terror. Infinitos esquemas de un niño frente al primer viaje a la escuela. Primeros viajes en donde aunque, quizás la rueda se pinchó, o las ventanas se empañaban, carecía de humildad. No quería quedar con ese gusto amargo, con ese gusto a imperfección. Más que un niño, una niña.

 Puede que a nadie le resulte fácil llevar un menáge (indague), el tema es que, quién sabe, cuando no hay vanguardias y aún menos, algún hermano. Exploración total, “dejé la vida volar” pero la estreches de mente pedía tierra e ignoró que abundaba el mar. ¡Y qué difícil es saberlo!, cuando se es tan necio a causa de la inexperiencia mientras arrastras el peso de árboles tan vetustos, ¡cómo maldigo aquella morfología tan transgénica!.
 Aún recuerdo aquellos convites y momentos que eran compartidos en compañía de nuevos rostros, hasta el instante en que me volvía un fantasma, me estigmatizaba en mi tercer sombra. Yo simplemente no entendía, porque no dimensionaba, y más aún, no me explicaba el doble discurso que nacía de aquella boca que bajo tanto arrebato parecía estimarme, pasaba a ser nada mas que una jeta más en cuestión de oraciones. Demasiada decepción y odio concentrado en momentos tan pequeños. Aquí nace el desamor, o bien, el despinte de lo que yo consideraba amor en aquella época -adolescente, pequeño gran niño- Pero crecí ignorando al inconsciente y el conflicto bélico de mi aparato psíquico (Según Freud). No quería pugnar por altura de miras, deseaba mantener los ojos abiertos mientras erguía la mirada. Pero los ecos y la psicosis volverían varios meses mas tarde… Hasta este punto, en dónde mi convivencia con mis amores se volvía insoportable gracias al mi carácter. Sangre pesada y escaldada. Omitiendo todo propósito y tópico que no fuera saciar mis pulsiones y caprichos amorosos, y bastante triviales… Abandoné toda capacidad creadora, todo sueño y oportunidad. Volví a perderme y corrí lejos en mi interior, dejando clavos en el camino. Me siguieron y los pinchazos les fueron profundos… aun así, no paré, hasta que el tránsito se detuvo. me aislé y las cartas bajo mi piel se mancharon.
 Nunca gocé de una gran capacidad expresiva, de manera que, la comunicación nunca fue buena. Mantener una conversación constructiva me obligaba a despertar demasiadas frustraciones y opiniones de las que había formado cápsulas para -de un momento- no complicar el asunto. Ésta condición muda, exacerbó nuestra voluntad y llenó de migas al menáge. El desgano frente a la vida se presentó imponente: esta noche me buscaba, no me encontraba, no estabas, no estabas, buscaba, mas, no encontraba ningún sentido, te buscaba en otros, me busqué en otros, todo parecía sintético y sabía que esta noche sólo sería una más, ni pensé que se tornaría un recuerdo (un recuerdo rescatado). Aquél vigor de movimientos que nacía por sí sólo al entrar a la senda del cascabeleo corporal se había esfumado, ni siquiera brebaje tras brebaje podía saciar tal desesperación, aquella histeria introvertida, el vacío que mis defectos habían inventado; Otra psicosis nacía y más fuerte que nunca. Abandonamos el lugar, me sentía culpable de haber hecho pasar tan mediocre noche a André. Me prometí no volver a tomar. Durante el camino pensaba en cómo sería el llega a la casa de mis amores, a empotrarme entre esos dos cuerpos a los que ya me costaba abrazar; Esta situación comenzó a gangrenar las cosas. No quería colapsar de neurosis, en varias ocasiones decidí cortar esta historia que había escrito con el primer lápiz que encontré, pero frente a tal coyuntura, nunca me fui para siempre, más pesaba en mí la idea de estar finalmente juntos y libres en la misma ciudad, para finalmente desarrollar tragedia tal. Además, mi piel y mi alma seguían deseándole. Cómo olvidar aquel lapso temporal en donde decidimos no volver a hablarnos: Nuestro plan fue un desastre. Me había metido en la cabeza la idea de que no era necesario en su vida (hablo en singular ésta vez y desde fondo). Pues, yo si lo necesitaba, lo necesité tantas veces, lo que producía en mí rencores que fácilmente perdonaba sólo porque era él. Lo peor es que estaba siendo egoísta y totalmente dependiente, presentía moverme entre sentimientos y pensamientos que no me correspondían, porque ya me había extraviado en mi identidad, realidad. Desconsiderando a aquella segunda persona quien también me amó, a quien mis celos le cerraron toda ventana, toda puerta y enjuiciaron bajo un pedestal de la infamia; Mi mente y emociones se cerraban cada vez más.




Continuará….



“Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” (Anónimo)

Carta a membrana motor

Esta carta se ha comenzado a redactar sin propósitos de aforismos ni provocaciones al subconsciente de nadie. Un proceso egoísta, narcisista, lo reconozco. Pero necesario, porque ahora siempre es egoísta cuando se intenta imponer la inquietud o la necesidad que nace de un imaginario -virtualizado, según algunos- y que el juicio lo denigra en un tema indiscutible y fuera de debate, o bien, poco importan los residuos del pensamiento de un niño, poco importan las inquietudes mal impuestas que no estén ligadas a un tema de utilidad e interés más universal. He aquí la agresividad del discurso adulto actual, la empatía llega hasta donde la satisfacción nace. Vivimos en un mundo de guerras; las guerras imponen las vanguardias, las guerras imponen el uso colosal de nuevas tecnologías, las guerras cambian naciones. Los humanos que intentamos habitar este planeta estamos en una constante construcción y destrucción de nuestras comprensiones, sin escapar de nuestras necesidades -que más que reconstruirse, parecen pervertirse-. Cada destrucción y construcción de nuestro medio nos desnuda, padecemos expuestos al medio y los vestigios de nuestra propia naturaleza. Cada capa de agua hirviendo nos debilita, así como también nuestras reconstrucciones, y cada capa se hace mas débil, por ser a la vez mas dura. ¿Buscará el ser humano la divinidad rechazando su naturaleza humana? quieren ser eternos, más lo terrenal es tan frágil como la paciencia. Cada vez nos cuesta mas desnudarnos y asumir nuestro rol frente a las cosas. Y es porque todo es violento, se acaba la concepción de lo que es el medio y el humano, sobre-politización de las cosas, y frente a tal -y grave- problema, no nos queda mas que reír o gritar.

martes, 10 de abril de 2012

Primavera de cristal - Cap I

En esta ocación les contaré una historia... No es cualquier historia, ni mucho menos otra historia de amor y desamor. El fin de ésta esta en las manos del lector... Si tomarla como otra simple ficción literaria o nada mas que digerirla como una fábula ordinaria raíz de la imaginación de un adolescente en busca de la verdad y los infinitos porqués de la vida...
Caminando por las inclinadas calles de Valparaíso espectaba el juego y perfecto encaje de la gente con el lugar, era ya el 14 de Febrero y frente a los conmovedores cuadros de amor y desamor que ocurrian, encendieron en mi la idea de escribir esta narración creando una ficción basada en la situacion. No para dar cuenta del falso e idealizado 14 de febrero, sino mas allá... en fin, con la espera de expresar lo mejor posible el cuento, que se disfrute este fragmento del cual tuve el placer de escribir.


Sentado en un escalón en aquella escalera de la pileta ubicada en la plaza Coronel Pedro Osorio, aquel chico acostumbraba arrellenarse junto a los alrededores y las humanizaciones sumidas en concreto que se encontraban en medio de esta construcción escupe-agua ubicada en el núcleo de esta hermosa plaza, lugar que de pequeño acostumbraba a visitar. Aunque el tiempo se llevo consigo la grandiosidad y popularidad que antes poseía, Helder no cedía a visitar aquella guarida, la cual fue y sigue siendo testigo, ojos y memoria del crecimiento y madurez de sus ya 22 años.
Ahí… sosegado, pensativo… con su malboro en mano… prestando atención a las cenizas de gente que aún se tomaban el tiempo de visitar el lugar
-pueden parecer suficientes pero antes eran muchas muchas más-. Pensaba Helder… en tono de resentimiento y desilusión…
Al Oeste la niña con su globo rojo atado en mano disfrutaba una paleta de caramelo de contrastes azulados y rojizos mientras observaba las palomas ser alimentadas al otro lado de la plaza… acompañada de su abuelo deambulaban en la zona con gran conmoción, parecían turistas o inmigrantes que conocían el país por primera vez y que saboreaban hasta el más mínimo detalle de las flores, los pájaros, los aromas y el clima de verano.
–Esas paletas deben estar llenas de químicos, de seguro se enfermará… debería traer una manzana en la mano, para bajar el índice de obesidad infantil, nomas digo…-.El globo reflejaba la hermosura de las palmeras del lugar alimentadas por el sol de medio día.
Al Este la señora de tercera edad dando de comer a las palomas como si fueran las mascotas que siempre quiso cuidar en su vivienda pero no pudo hacerlo por miedo u opresión, más, no importaba, la anciana gozaba lanzando los pedazos de pan que le restaban, contemplando las palomas devorar cada gramo con centellante emoción y felicidad sin igual… -tanta dicha condensada en un gesto tan pequeño…
-por lo menos vivirá feliz lo que le queda de vida y las palomas podrán picotear los restos de su mortal cuerpo… para devolver el favor digo yo...
-Al norte se divisaba en una especie de canto angelical desenfrenado… dos perros, corriendo y jugueteando por aquí y por allá, eran perros hermosos, dignos de ser apreciados por los ojos y gustos más exquisitos, pelaje perfecto que parecía mimetizarse con el mismísimo sol, y aquella libertad, que todos envidiaban, sin manías, sin pesadumbres ni insomnios que te ataquen, correr en bolas por donde se te dé la gana, sin pudor, estando en tu derecho, claro… el jovial jugueteo de aquellos animalejos saco más de una sonrisa a mas de una persona con aquella especie de júbilo contagioso, tal como la risa de un bebé, el carisma de un payaso, o cualquier cosa similar…
¡Que espectáculo era el de aquel día en la plazuela! qué gran manera de empezar esta jornada, es como de esos días que fueron hechos para ti, en los que sabes que comienza y termina en unísono perfecto y que trae consigo un ansia inexplicable de lo bueno que pueda suceder, terminando en un azucarado sabor que llena tu alma al mirar el techo acostado al anochecer y susurrar un “gracias” a la vida por aquel día, para terminar en el mejor de los sueños…
Pero Helder tenía consciencia de que todo este espectáculo solo era un pequeño placer y momentánea felicidad, que todas las hermosuras y colores del mundo eran distantes a su vida, emoción similar a cuando masticas un chicle: pagas un real por un buen chicle, lo introduces a la boca, lo masticas exprimiendo hasta su más mínimo sabor, la descolorada e insípida goma es tirada, olvidada , desterrada del cuerpo humano y sepultada en un lugar al cual su dueño no volverá jamás, no esperará a nadie, ni se hará ilusiones ya que las tormentosas industrias ya habrán fabricado una cantidad incalculable de replicas iguales o mejores que él.
Helder se levanta cada mañana a las 7:30, prepará su café, lo sirve a menudo en tazas rojas, según tal, beber el café en tazas de color rojizo le da otro sabor al brebaje. Se coloca los trapos que tenga al alcanze, de preferencia poleras mutiladas y jeans con más de un desgarre producto de su intenso desgaste. El desayuno es preparado la mayoría de las veces por su tía adoptiva Isabela. Perfumado, acicalado y listo para empezar la jornada. Y se larga a trabajar a la tienda, ganando lo justo y necesario para poder vivir relativamente bien pese a las muchas horas de trabajo.
Disfrutando a su paso las pequeñas y bellas cosas de la vida, aquellos detalles que la gente descuida, minimalista, aunque no muy optimista, Helder es de aquellas personas que pierden la fé después de macabras y largas condenas luchando por aquellas cosas que de las que poco valora en el mundo, tienen el valor total en su vida y que posterior a las dolientes derrotas y tragedias, nunca vuelve a recobrar la esperanza…
Sonaba el reloj de cuero de Helder, informando que la hora de regresar a laborear se acercaba… terminó el último malboro que se estaba fumando y tomando posición y terreno por las calles de pelotas este joven partió rumbo a la tienda … dejando atrás, a merced y cuidado al resto de los habitantes a su más fiel compañera hasta ahora… La plaza Coronel Pedro Osorio.

martes, 20 de marzo de 2012

vehemencia en tus huellas

No entiendo lo que siento, como buen adolescente,
Te pienso y te siento, en cada rincón, te veo
A la espera de que seas tú, buscando tenerme presente
Me acerco, vacío y solitario a mi ventana,
En cada rincón, te veo, iluso
Nadie logra robar mis encantos
Nadie logra encender mis deseos
Solo la más pura chispa de la luna
Tus caricias y tu dulzura
El cigarro se consume
En humaredas, rastreando tú perfume
Algunos le llaman amor, no queda que decir
Pues el cielo y la tierra siempre supieron
Lo que los astros suelen predecir

Ya nada importa
He perdido toda fe
Y esa es mi mayor fortaleza
Ahora soy como una roca
Excepto ante el olor del café
Me recuerda tu delicadeza
Que con tus besos hacías poesía
Y con tu pasión hacías arte
Por eso admiro tu grandeza
Grandeza de un amante, porque amó como ninguno