Infinitas horas sobre el monstruo de las carreteras para llegar al destino de este verano 2014: La Serena.
Hace muchos años que no regresaba a esta región para veranear, creo que al rededor de 8 años. Cuando pendejo siempre veníamos con mi familia a acampar a Guanaqueros, era un lugar tranquilo, de noche los jóvenes siempre dejaban la cagada con las fogatas y las tomateras en la playa, hasta que lo prohibieron. Pero el pueblo, al que se podía llegar con una caminata de 10 minutos, no dejaba de ser objetivo para buscar más webeo.
Esta vez mis padres tuvieron la idea de viajar junto a la familia de un amigo de la infancia, nosotros somos tres, ellos son cinco, contando al hermano de mi amigo, su abuela y su papás.
Llevo cuatro días de playa en panorama, panorama en playa y debo admitir que me surgen sentimientos encontrados, debe ser porque aquí fue en donde aprendí a caminar, o quizás porque es la fuente de mis mejores memorias de la infancia, no sé, hasta la excesiva cantidad de medusas me parece simpático.
Llegamos a la playa, nos echamos, yo generalmente recreo la mirada. Reconozco que ver tanto torso y piel me estimula la hormona de manera increíble, y mis viejos se dan cuenta que disfruto mirando, ya no me importa. Me gusta mirar con cara de baboso mientras mis viejos me miran, para que sepan cuánto me gusta la weá, que ya no soy un niño -tan- reprimido.
Pero por otro lado me da pena, extraño mucho a mi relación (hace ya casi un mes que no los veo). Y en estos días de sol y diversión uno siempre se topa con esas primas de vidas perfectas, de amores sin atados, o esos maricones que evolucionaron en sus amores platónicos. Y que están aquí, paseando, y que quizás el viejo le dio las lucas al cabro para que se fuera a veranear con su pololo. U otras colas, mas vivas, que trabajaron todo el año en algún bar o liquidando sandwiches de soja para tomarse unas semanas en dueto. Pero bien, me siento feliz de que los tiempos actuales permitan a los hombres disfrutar de estas libertades absolutas, sin tener que vivir escondidos como hace unos pocos años. Por eso siento tanto disgusto con aquellos huecos tan de closet, tan miedosos con sus amores, así como me maravillo al ver parejas maduras, que parecen finalmente brillar luego de años de penumbras y lucha con esta sociedad de mierda.
De todas maneras, ando relajado con el tema, pero siempre habrá una parte de mí que estará inquieta, quizás porque no es únicamente mía, sino también tuya.
Quedan nueve días: Nueve días para disfrutar, para olvidarme de todo, para refrescarme un poco del aura grisáceo Rancagüino y del éxtasis porteño. No quiero saber de nada y lanzarme a las olas, nadar, nadar, aguantar la taquicardia por el exceso de esfuerzo físico y seguir nadando. Entre aquellos cuerpos viriles, y entre aquellos animales de jalea.

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