miércoles, 19 de febrero de 2014

Parte II: Huida a materia oscura


Esa fría noche en la que la primavera no llegaba y el sol apenas descansaba, todo colapsó, yo colapse… Habíamos discutido sobre los temas que eran dueños de nuestras interacciones: los celos, el desamor y tópicos que apenas quiero recordar. Cada uno de nosotros tres se había acostado con una espina en el corazón, se percibía, se podía oler la desgracia que pasaba por la mente del trío. Yo rechazaba los abrazos de uno, mientras el otro rechazaba los míos.

Hubo un momento, en donde la iluminación de la pieza estaba a oscuras, pero mis ojos se mantenían abiertos, mi mente yacía postrada. Como en un letargo, un marasmo psicológico en donde sabes lo que ocurrirá, pero no quieres que suceda, o buscas la vía mas fácil y rápida.

Él me preguntó qué pasaba, yo le respondí con las sílabas características de la temporada: no sé. Después siguió durmiendo.

Me levanté, fui a su oficina, saqué un papel tamaño carta, el primero que encontré y un lápiz pasta rojo, bien ordinario, con actitud despiadada e insensible.

Llegó uno de ellos, me observó un rato, y me preguntó que hacía.

Yo con carta en mano y una redacción paupérrima, calinoso por haber fallado en mi -bastante cobarde- huída, le contesté: nada.

¿Te vas? -Me preguntó con una tranquilidad que alimentó mi molestia. Pero sé que el estaba cansado, más que nosotros dos juntos.

Ven a la pieza -Y fui sumiso.

Te preparaste un café, y te acostaste mientras él preguntaba qué pasaba, qué pasaba. Una y otra vez. Yo preparaba mi mochila, la llené de todas las cosas que pude. Casi toda mi ropa estaba ahí, mis herramientas, mi vida. Y quería llevarme todo, pero tuve que elegir bien que objetos dejar y qué objetos necesitaría éstos días.

Era una escena triste y cruda, aun así, no lloré. -Se va, quiere terminar.

En ese lapso de tiempo me preguntabas por qué me iba, estabas sentado en el suelo junto a la puerta, parecías una tormenta llena de dudas. Yo fui un pendejo y apenas hablé. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos así, menos recuerdo qué más me decías. Insisto en no querer recordar. Creo que mi cerebro activó sus mecanismos de defensa frente a un posible gran sufrimiento y encapsuló cada segundo de aquel calvario.

Antes de irme él me dijo: déjelo.(Dirigiéndose a mí) Si te vas, no vuelvas.

Ni siquiera les miré a los ojos y escapé.

Llegué a la plaza Waddington y me posé sobre un árbol que está medio ladeado por alguna circunstancia que no me interesó en ese momento. Me saqué la mochila y comencé a llorar. Lloré tanto, lloré tan profundamente. Cargaba un con un sufrimiento en el alma, un dolor alimentado de recuerdos, porque comencé a recordar tres años de vida que rara vez recordábamos. Esos tres años que parecían adorables gatitos, desnutridos, abrazados en tus tobillos mientras te entierran sus garras recién afiladas. Uno de los dolores mas intensos e incomprendidos que he sentido hasta el día de hoy.

Sabía que había cometido un error, pero una parte de mí, la menos yo, la mas sociedad, la mas no-amor, estaba satisfecha.

La gente pasaba por la vereda de la izquierda, algunos me miraban llorar, otros evadían la mirada al percatarse de mi desvanecimiento emocional. Escolares, abuelos y estudiantes me vieron en mi peor momento. A ese joven que pudieron haber visto un día cualquiera en la calle, o en la universidad, o caminando por el barrio, lo tenían ahí al frente: destruido, desmoralizado, perdido.

Justo este día tenía clases en la tarde (menos mal, porque de otra manera, creo que hubiese faltado y me hubiese echado ese ramo. -Pensaba). Así que reuní fuerzas, y emprendí marcha hacía mi arriendo, la casa que me había recibido en Valparaíso. Fue un poco difícil, dos veces tuve que parar en el camino a llorar, porque me daba vergüenza que la gente, en medio de una caminata cotidiana, se topara de frente con alguien que estalle en llanto. Menos aún, quería que alguien de la carrera, o amigo me viese.

El camino fue larguísimo, y la mochila pesaba mas que nunca. Pese a todo logré llegar a mi cama y dormí por no sé cuantas horas.

De todas maneras falté a clases. Desperté como si no hubiese dormido nada y pasé todo ese día en cama. No recuerdo qué mas hice, ni que más pasó. Estaba quebrajado y mi humanidad se redujo a días de mala alimentación y un consumo excesivo de cigarros baratos.

Pasaban los días y asistía por inercia a clases. Desconcentrado, mal vestido y con la sensibilidad reprimida. El arte había pasado a último plano, ya no me seducía la estética, la pictórica ni la verba. me encogí abrumado bajo cataratas de áspera textura, con temple renegrido, asustaba, asustado.

Con el tiempo me refugié en la familia más alternativa, me volví un mester del esnobismo. Máscarame abría sus puertas mientras yo planeaba resucitar en vida.

Recuerdo bien aquella noche. Estaba con un amigo de medicina, un chico al que le encontraba un atractivo contemporáneo y racional, además, compartíamos de un humor satírico, notablementehipster. No es que yo estuviese buscando incansable nuevas posibilidades, un nuevo hombre, pero tampoco me quedaba de brazos cruzados, sabía que el vacío sentimental algún día me consumiría, y entonces corría el riesgo de que no estuviese nadie para levantarme con esos empujones que llegan como caricias.

Cercano a la media noche, junto con Adriano, un gran amigo de esos que se conocen en la calle, salimos a fumarnos un cigarrillo a las afueras del bar. Hace poco que fumaba Phillip Morris, redondo en mi ebriedad e impulsivo te llamé sin bacilar. Hablamos como si fuéramos nuevos conocidos, la conversación no llegó al nivel de amigos, se sentía en tu elocuencia aquella cortesía característica tuya que sale a flote con los rostros distantes. No sé por qué llamé, me sentí un poco resentido, ni pensé en llamar a mi otro ex ya que el masoquismo hubiese sido demasiado. Responsabilicé al trago de todo y mis amigos se acercaron, me preguntaron si estaba bien, les respondí que un poco triste porque había hablado con mi ex.

Pucha amigo, ¡ánimo! -exclamaba Adriano, con ese carisma que siempre anima en tan pocas palabras.

El chico de medicina se aproximó un poco más y posó su mano derecha en mi hombro.

Oye, mírame, va a estar todo bien. -Enunció el chico de medicina, con una mirada llena de fe que parecía no pertenecer a él, ni a su temple tan sereno e inexpresivo. De alguna manera también te vi en esas palabras, también las repetías, y yo nunca las entendí, te vi reencarnado bajo la piel de un estudiante que apenas compartía rasgos físicos contigo, menos aún en lo psicológico. Después de tal escena intercambiamos nuestros chalecos, el suyo me quedaba un poco corto de mangas, ya que estaba como hecho a su medida. Pase de lucir mis rojizas lanas de abuelo con detalles nevados a un protector anaranjado con detalles color rubí. Se notaba que era de alguna tienda de ropa usada, eso le otorgaba un estilo y un valor que los dos entendíamos. Hace mucho no sentía realizar un acto de complicidad tan humilde y original como un intercambio de chalecos. Me sentí protegido por el poder de la juventud en su rato.

Hasta que los vi pasar, igual de radiantes, como unísonos de una composición musical gay. Junto con dos adultos jóvenes, por el acento se notaba que eran latinos de tierras cercanas. Fueron 10 segundos en los que pasaste frente a mí. Apenas me dirigiste la mirada y compartimos la pobreza de un “hola” mas exiguo que nuestro propio lazo. Por mi cabeza sólo se pasó la frase “A rey muerto, rey puesto”. No pude aceptar la idea de que haya superado el quiebre de manera tan rápida, me sentí desvalorizado, por suerte el alcohol me ayudó a atenuar la situación que pudo haber sido doblemente lúgubre en mi lucidez.

Me derrumbé emocionalmente por un rato y la sangre en mis venas pareció detenerse. Prendí un cigarro, ya llevaba alrededor de 4 fumados de un sólo tiro. Adriano me miró un poco preocupado frente a mi actitud auto-destructiva.

apagué la colilla del cigarro en el basurero mientras imaginaba que eran las cenizas de nuestro amor mal consumido por la estupidez de los tres, pulvericé aquel trozo de fieltro calcinado contra la superficie de metal con una ira de veinte leones. Di la media vuelta y exclamé: Ya weon, entremos y sigamos tomando ¡conchetumare!


“Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” (Anónimo)

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