En esta ocación les contaré una historia... No es cualquier historia, ni mucho menos otra historia de amor y desamor. El fin de ésta esta en las manos del lector... Si tomarla como otra simple ficción literaria o nada mas que digerirla como una fábula ordinaria raíz de la imaginación de un adolescente en busca de la verdad y los infinitos porqués de la vida...
Caminando por las inclinadas calles de Valparaíso espectaba el juego y perfecto encaje de la gente con el lugar, era ya el 14 de Febrero y frente a los conmovedores cuadros de amor y desamor que ocurrian, encendieron en mi la idea de escribir esta narración creando una ficción basada en la situacion. No para dar cuenta del falso e idealizado 14 de febrero, sino mas allá... en fin, con la espera de expresar lo mejor posible el cuento, que se disfrute este fragmento del cual tuve el placer de escribir.
Sentado en un escalón en aquella escalera de la pileta ubicada en la plaza Coronel Pedro Osorio, aquel chico acostumbraba arrellenarse junto a los alrededores y las humanizaciones sumidas en concreto que se encontraban en medio de esta construcción escupe-agua ubicada en el núcleo de esta hermosa plaza, lugar que de pequeño acostumbraba a visitar. Aunque el tiempo se llevo consigo la grandiosidad y popularidad que antes poseía, Helder no cedía a visitar aquella guarida, la cual fue y sigue siendo testigo, ojos y memoria del crecimiento y madurez de sus ya 22 años.
Ahí… sosegado, pensativo… con su malboro en mano… prestando atención a las cenizas de gente que aún se tomaban el tiempo de visitar el lugar
-pueden parecer suficientes pero antes eran muchas muchas más-. Pensaba Helder… en tono de resentimiento y desilusión…
Al Oeste la niña con su globo rojo atado en mano disfrutaba una paleta de caramelo de contrastes azulados y rojizos mientras observaba las palomas ser alimentadas al otro lado de la plaza… acompañada de su abuelo deambulaban en la zona con gran conmoción, parecían turistas o inmigrantes que conocían el país por primera vez y que saboreaban hasta el más mínimo detalle de las flores, los pájaros, los aromas y el clima de verano.
–Esas paletas deben estar llenas de químicos, de seguro se enfermará… debería traer una manzana en la mano, para bajar el índice de obesidad infantil, nomas digo…-.El globo reflejaba la hermosura de las palmeras del lugar alimentadas por el sol de medio día.
Al Este la señora de tercera edad dando de comer a las palomas como si fueran las mascotas que siempre quiso cuidar en su vivienda pero no pudo hacerlo por miedo u opresión, más, no importaba, la anciana gozaba lanzando los pedazos de pan que le restaban, contemplando las palomas devorar cada gramo con centellante emoción y felicidad sin igual… -tanta dicha condensada en un gesto tan pequeño…
-por lo menos vivirá feliz lo que le queda de vida y las palomas podrán picotear los restos de su mortal cuerpo… para devolver el favor digo yo...
-Al norte se divisaba en una especie de canto angelical desenfrenado… dos perros, corriendo y jugueteando por aquí y por allá, eran perros hermosos, dignos de ser apreciados por los ojos y gustos más exquisitos, pelaje perfecto que parecía mimetizarse con el mismísimo sol, y aquella libertad, que todos envidiaban, sin manías, sin pesadumbres ni insomnios que te ataquen, correr en bolas por donde se te dé la gana, sin pudor, estando en tu derecho, claro… el jovial jugueteo de aquellos animalejos saco más de una sonrisa a mas de una persona con aquella especie de júbilo contagioso, tal como la risa de un bebé, el carisma de un payaso, o cualquier cosa similar…
¡Que espectáculo era el de aquel día en la plazuela! qué gran manera de empezar esta jornada, es como de esos días que fueron hechos para ti, en los que sabes que comienza y termina en unísono perfecto y que trae consigo un ansia inexplicable de lo bueno que pueda suceder, terminando en un azucarado sabor que llena tu alma al mirar el techo acostado al anochecer y susurrar un “gracias” a la vida por aquel día, para terminar en el mejor de los sueños…
Pero Helder tenía consciencia de que todo este espectáculo solo era un pequeño placer y momentánea felicidad, que todas las hermosuras y colores del mundo eran distantes a su vida, emoción similar a cuando masticas un chicle: pagas un real por un buen chicle, lo introduces a la boca, lo masticas exprimiendo hasta su más mínimo sabor, la descolorada e insípida goma es tirada, olvidada , desterrada del cuerpo humano y sepultada en un lugar al cual su dueño no volverá jamás, no esperará a nadie, ni se hará ilusiones ya que las tormentosas industrias ya habrán fabricado una cantidad incalculable de replicas iguales o mejores que él.
Helder se levanta cada mañana a las 7:30, prepará su café, lo sirve a menudo en tazas rojas, según tal, beber el café en tazas de color rojizo le da otro sabor al brebaje. Se coloca los trapos que tenga al alcanze, de preferencia poleras mutiladas y jeans con más de un desgarre producto de su intenso desgaste. El desayuno es preparado la mayoría de las veces por su tía adoptiva Isabela. Perfumado, acicalado y listo para empezar la jornada. Y se larga a trabajar a la tienda, ganando lo justo y necesario para poder vivir relativamente bien pese a las muchas horas de trabajo.
Disfrutando a su paso las pequeñas y bellas cosas de la vida, aquellos detalles que la gente descuida, minimalista, aunque no muy optimista, Helder es de aquellas personas que pierden la fé después de macabras y largas condenas luchando por aquellas cosas que de las que poco valora en el mundo, tienen el valor total en su vida y que posterior a las dolientes derrotas y tragedias, nunca vuelve a recobrar la esperanza…
Sonaba el reloj de cuero de Helder, informando que la hora de regresar a laborear se acercaba… terminó el último malboro que se estaba fumando y tomando posición y terreno por las calles de pelotas este joven partió rumbo a la tienda … dejando atrás, a merced y cuidado al resto de los habitantes a su más fiel compañera hasta ahora… La plaza Coronel Pedro Osorio.